“TUVIMOS UNA VISIÓN” CON THE DARKNESS Y LOS BLACKFOOT GYPSIES

The Darkness

Arya Blues@aryabluess – El 3 de noviembre emprendía un viaje de vuelta a casa. Con una pequeña maleta en la mano, me subía al autobús al que más estoy acostumbrada. El trayecto Madrid – Bilbao y viceversa es el que más he hecho durante este último año, así que no tendría por qué tener nada de especial. Sin embargo, esta vez los nervios estaban siendo los protagonistas del viaje.

Volvía a casa con una misión: Ver a una de la bandas que tengo en mi lista de especiales. A una de esas a las que tengo un cariño importante.

Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que escuché a The Darkness. Tenía 14 años y al volver a casa solía poner la MTV a todo trapo para intentar disipar las dudas sobre mi persona, ¿Qué me gusta? ¿Quién soy? ¿A dónde quiero llegar?. Apagaba las luces y acaparaba el salón de mi casa convirtiéndolo en una especie de cuartel secreto. Entre My Happy Ending de Avril Lavigne y Where is the Love? de The Black Eye Peace, se avistaba en las estrellas una nave espacial. Y de un humeante corazón rosa aparecía Justin Hawkins con su largo pelo teñido, mientras sonaba la intro de la que después se convertiría en su canción estrella, I Belive in a Thing Called Love. En aquel momento me enamoré de The Darkness y no los he dejado de escuchar desde entonces.

Después de cuatro horas de viaje, al fin llegué a Bilbao y allí me esperaba la otra parte del plan. Lexie Arien (Sí. La nueva redactora del blog). La conozco desde que tengo tres años y con catorce, juntas, descubrimos lo divertido que podía ser, ser tan diferentes y compartir algunos pedacitos que nos hacían encajar.

Podíamos estar en conversaciones diferentes que al sonar uno de nuestros himnos, acudíamos en busca de la otra abriéndonos camino entre personas y personas. Por supuesto, I Belive in a Thing Called Love se convirtió en uno de esos himnos, y The Darkness uno de esos tesoros que compartimos desde hace más de diez años.

El camino a casa estuvo lleno de conversaciones sobre nuestra vida actual, puestas al día y planes de futuro. En la misma línea, el trayecto de vuelta a Bilbao para ver el concierto la tarde del 5 de noviembre.

Durante algunos minutos el plan fue discutir qué paraguas íbamos a llevar. Aquel que no nos importaba perder. Pero al salir del garaje ningún paraguas valía. Bilbao estaba haciendo de las suyas y no había manera de escapar de las torrenciales lluvias. Esperamos en un bar y bajo la entrada de un hotel para no mojarnos. Hacía mucho frío. Sin embargo, nada nos importaba aquella noche.

Sorprendentemente, había una pequeña cola para entrar al Kafé Antzokia de Bilbao (creo que nunca antes había hecho cola para entrar a un concierto en esa sala). Las personas que esperaban eran increíblemente dispares y diversas: Viejos roqueros, jóvenes con el pelo teñido de azul, hombres con camisas de cuadros y mujeres que rondaban los cincuenta con pinta de madre que se ha confundido de lugar. No me pude sentir más orgullosa en aquel momento al darme cuenta de que todavía hay personas (tan diferentes) que valoran este tipo de música.

Mientras entrábamos en la sala, vi a un hombre mayor que me llamó la atención por su forma de moverse y su estilo personal. Después, resultó ser el armonicista de Blackfoot Gypsies (los teloneros de la velada), y me sonreí a mí misma reflexionando sobre la energía que le rodeaba y que me había transmitido nada más entrar.

Tanto Lexie como yo, somos personas que no aguantamos mucho las multitudes y al entrar estábamos nerviosas por el concierto y por cómo iba a transcurrir la noche respecto al público. Así que directamente subimos al segundo piso para evitar contratiempos. No parábamos de hablar mientras bebíamos cerveza. Supongo que nos da por hablar si nos ponemos nerviosas.

Diez minutos después salían por la puerta del piso de arriba uno a uno los componentes de Blackfoot Gypsies. Primero, Dylan Whitlow, vestido con unos pantalones acampanados de rayas blancas y negras. Seguido de Matthew Paige, llevando unos pantalones rojos también de campana, chaleco negro y sombrero oversize. Después, Zack Murphy, batería de la banda, con el pelo corto y una camiseta blanca. Y finalmente, Ollie Dogg, vestido de colores oscuros, camisa de rayas y chaleco negro. Juntos, parecían una banda salida de los mismísimos 60 y 70. Primos hermanos de Janis Joplin y Bob Dylan, que venidos desde Nashville demostraron estar más que a la altura.

Apenas les hicieron falta treinta segundos y una pizca de su especial sonido para hacerse con el público entero. Tienen todos los ingredientes y el talento para convertirse en un referente de la escena actual triunfando con un sonido vintage muy conseguido. Entre sus temas destacados están Back to the New Orleans o Gypsie Queen.

Al terminar nos invadió un gran sentimiento de satisfacción. No nos habíamos equivocado en ir desde la apertura de puertas. Corriendo, buscamos el nombre del grupo para poder escucharlo mejor al llegar a casa.

¡Y de nuevo esa sensación de espera bajo los focos que nos ponía tan nerviosas! Mirábamos cómo desmontaban la batería de los teloneros mientras conversábamos acerca de lo que esperábamos ver en la actuación de The Darkness, imaginándonos qué look llevaría Justin Hawkins aquella noche o con qué canción comenzarían el concierto.

Al apagarse las luces una ovación recorrió la sala y segundos después, daban comienzo los ingleses con su Open Fire (segundo track del disco Last of Our Kind). Justin Hawkins invadía el escenario irradiando su personal carácter vestido con un mono verde repleto de glitter. Su hermano Dan Hawkins, con su habitual outfit oscuro llevando una chaqueta deportiva. Luciendo a la izquierda, Frankie Poullain portando su bajo y uno de sus espectaculares trajes. Esta vez de color rojo. A la batería Rufus Tiger Taylor, el más joven de los componentes que acompaña a la banda desde 2015.

De entre los temas que pudimos escuchar estuvieron Friday Night o su último trabajo All The Pretty Girls, todos ellos tocados de manera excelente y bajo un sonido maravilloso.

Las risas estuvieron aseguradas y tuvimos uno de esos momentos que solo se viven en sala cuando al órgano representaron Why Don’t the Beautiful Cry?. El micrófono no paraba quieto y Hawkins tuvo que sortear el inconveniente, algo que hizo sin ningún problema añadiendo además su especial humor.

Tras hora y media intensa de bailes, saltos, gritos y palmas, The Darkness terminaron para marcharse mientras Lexie y yo esperábamos nuestro himno. Cinco minutos después volvían a salir para deleitarnos con un segmento del tema en acústico, que finalmente tomó su forma original y rompió el Kafé Antzokia de Bilbao por completo.

Cuando las luces se volvieron a encender comenzó el momento más complicado de la noche: Volver a casa.

* Fotografías: Diablorock.com /  Fasterlouder.junkee.com / Rollingstone.com